Incendio

Esta noche es ideal para mis planes. Hace frío pero tampoco es insoportable, el cielo está estrellado y claro. Los animales que viven en el bosque parecen haber hecho un mutis por el foro general.

Me he sentado en un claro pequeño, a suficiente altura. Llevo unos cuantos días reuniendo maleza, ramas caídas, hojas secas y otros desechos naturales que puedan arder con facilidad. Me desnudo despacio; la ropa está doblada a mi lado.

Prendo fuego a una tea que he armado con mi camiseta; la acerco a la pira y en pocos segundos se ha encendido un fuego decidido a prenderlo todo con celeridad.

Acerco las manos al incendio, que por ahora está controlado, y siento cómo el fuego me las va calentando. Hasta que se produce el milagro: parte de las llamas han pasado ahora al cuenco que formo con mis manos unidas, formando una bola ardiente que, sin embargo, controlo sin dificultad. Miro el resplandor con fijeza y, sin pensármelo, voy acercando la pelota de fuego a mis labios. El ardor los besa, pero no quema; pienso en otra cualidad, la de agua, y el fuego se torna líquido, obediente a mi mente.

Deslizo esa especie de pelota ardorosa por mi cuello, hombros, brazos, hasta que cogen una buena temperatura. Con mis extremidades ya candentes, la paso por mi pecho, izquierda, derecha…. Mis senos reaccionan a las caricias de calor; se ponen firmes y duros. Bajo hacia el abdomen, el vientre, las piernas que mantengo cruzadas en la postura del loto… Tardan sus buenos minutos en destensarse y recibir con agrado el contacto del fuego, se me habían entumecido y helado por la temperatura invernal.

A estas alturas estoy excitada, siento que el deseo se apodera de mis pensamientos y me impulsa a correr, a acrecentar la intensidad de las caricias de la llama. Pero no es así como lo tenía planeado, así que me regodeo en aumentar un poco la temperatura de mis pies, que siempre están helados. Subo de nuevo por los tobillos, pierna, rodillas…

Resulta complicado mantener el fuego ardiendo a la temperatura adecuada sin que deje de ser líquido, necesito mucha concentración para ello. Pero lo consigo. Mi cuerpo ya está mojado y ardiente en su totalidad, o casi.

Subo por los muslos y, ahora sí, cambio de postura. Me tumbo despacio, no quiero enfriarme. De mientras, he mantenido la bola de fuego a la altura de mi pubis y la he hecho circular de un lado a otro. Listo. Separo las piernas y acerco el calor a mi pubis. Le ordeno hacerse más pequeña, tiene que dedicarse a una zona no muy grande pero muy sensible. Por fin… la hoguera de mis manos sabe lo que necesito, se amolda a mis dedos, los quema con cuidado pero a la vez los transforma en agua. Entran en mí, salen, acarician cada milímetro de esa zona tan escondida, la palpan, le dan suaves golpecitos, aumentan y disminuyen su velocidad hasta conseguir de mí un orgasmo total, que se adueña de mi piel, de mi cabello, de mis huesos, de mis pensamientos, y me hace gemir con fuerza, gritar al fin, con la explosión final.

Me he fundido con el fuego, ha perdido el control. Soy pasto de las llamas con un placer desconocido. No he sentido en ningún momento el terrible sufrimiento del que hablan cuando un cuerpo se calcina, todo mi ser clamaba por un orgasmo de fuego y al fin lo he conseguido.

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