Una cólera de por vida

Ya desde niño tuvo mal carácter. Fue un bebé deseado largamente por sus padres, y cuan do al final llegó, le colmaron de amor y atenciones. Sus parientes y amigos les decían que, con tanto mimo y capricho, les iba a salir un hijo consentido y con muy poca tolerancia a la frustración y a la negativa.

Arturo, que así se llama nuestro protagonista, tuvo algo de eso. Era complicado decirle que no; se encolerizaba y montaba unas pataletas impresionantes, con llantos, gritos, tirándose por el suelo… Su madre sobre todo era la que más sufría con los arranques de rabia de la criatura; corría a calmarle y a darle aquello que deseaba. Hasta que un buen día, Diego, el padre, viendo que el acceso de cólera del niño no remitiría así como así, le cogió por banda y habló muy en serio con su hijo. Fue duro, doloroso, pero al final, tras mucho hablar, consiguió que en la inmadura mente del niño floreciera la idea del esfuerzo para obtener una recompensa.

A pesar de que los padres tuvieron la mejor de las intenciones educándolo con amor, cariño y comodidades, Arturo creció siendo una persona de enfado fácil, talante normalmente muy serio y con tendencia a alzar la voz ante la mínima contrariedad. Ya no se trataba de que le costara aceptar una negativa por respuesta, que también, sino que a la mínima se cabreaba. Su manera de demostrar incluso emociones positivas tales como la alegría, el bienestar, la felicidad, era muy explosiva. Muy poco convencional. Aquello le trajo más de un problema, pues sus allegados nunca sabían cómo reaccionar.

Lo malo de su tendencia a encolerizarse era que le ocasionó una infinita soledad, con el transcurso de los años. Le era cada vez más difícil relacionarse con nuevas personas, le tenían miedo. Y ya no hablemos de si le interesaba alguna mujer. El amor y él estaban reñidos de forma irreparable.

Contra todo pronóstico, consiguió un buen trabajo, de responsabilidad elevada y bien pagado, y no tan solo se le respetó, sino que se le llegó a querer. Cómo lo consiguió es algo que su familia no llegó a comprender nunca, pues le daban por perdido; tanta ira no le traería nada bueno, y habría sido así de no haberse cruzado en su camino la única mujer capaz de lidiar con ese temperamento tan desbocado.

La suerte, empero, no parecía estar de lado de Arturo. Durante un viaje que hizo con su mujer a África, ambos enfermaron. Ella se recuperó a los pocos días, pero Arturo no remontaba. Estaban en una zona en guerra, pues Isabel, su mujer, trabajaba para una ONG y la habían destinado allí como enfermera. Él solo ejercía como voluntario en multitud de tareas. Estaba tan comprometido con el trabajo que no prestó atención a su salud durante un tiempo demasiado prolongado, y cuando por fin pudo recibir una adecuada atención ya era tarde.

­—Cólera —le dijo el médico que le atendió. —Eso es lo que tienes. Por desgracia, no te lo hemos podido coger a tiempo…. Lo siento

Y, por primera y última vez en su vida, Arturo tuvo un ataque de risa que le dejó todavía más descompuesto de lo que ya estaba. “Cólera”, pensaba. “Que me diagnostiquen una enfermedad que se llama como lo peor de mi carácter es de risa”…

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