Quiero que te lo digo a mí me da tiempo.

“Quiero que este viaje no se acabe nunca, que algo paralice el metro”, pensabas, atenta a las palabras de tu acompañante.

“Te lo digo, no te lo digo…. Esto es una estupidez! No entiendo por qué siempre me pasa lo mismo!”, casi rugía tu corazón.

-A mí me da tiempo a tomar un café rápido, antes de entrar al curso, si quieres…. –El hombre te interrumpió el curso de los pensamientos con esa inesperada proposición.

-Me encantaría, en serio, pero justo hoy voy con los minutos contados, tengo una cita ineludible… El médico. Nada serio, una revisión de la vista, pero llevo seis meses esperando.

-Vaya, cuánto lo lamento.

No te atreviste a pedirle su número. De hecho ni siquiera sabías su nombre. Solo sabías de él que era su último día en la empresa, que tenía un hijo veinteañero, que estaba separado y que era culto, inteligente, y parecía mostrar un genuino interés en tus opiniones. Y eso, amiga mía, era tu talón de Aquiles, tu debilidad inconfesable: ya podías estar enamorada hasta las trancas de tu pareja, pero en cuanto otro hombre te llamaba la atención por cualquier nimio detalle, tu estabilidad emocional sufría una sacudida repentina y te hacía dudar de tus sentimientos. Y eso es lo que te estaba sucediendo, que tu desconocido ex compañero de trabajo te atraía como una ola acaba rompiendo ante un acantilado.

-Me he de bajar en la próxima –anunció, con lo que te pareció una cierta tristeza.

-Esto… Cómo te llamas, a todo esto? Tanto hablar y no hemos comenzado por lo más sencillo.

-René. Tú?

-Marina.

Dos besos muy formales, muy correctos, nada de raro en ellos, y René se despidió definitivamente de tu vida. No le volverías a ver, a no ser que una casualidad (que también existen) te llevara a su barrio y coincidierais, te lo encontrases por ahí. O que volviera a trabajar en la misma oficina que tú, pero eso ya era casi más imposible que toparte con él por su barrio.

Antes de que se cerraran las puertas, echaste a correr hacia él, y él, al oír tu taconeo acelerado, se paró y se giró. Os fundisteis en un abrazo y un beso intensos, largos, capaces de paralizar el inexorable paso del tiempo. Ese beso eterno te supo a gloria, y aunque sabías que no pasaríais de ahí,  el recuerdo de ese momento de impulsividad, de mandar a la porra la torre de tus convencimientos, perduraría durante muchos meses, años incluso, en lo más recóndito de tu memoria y te ayudaría a seguir adelante, a recordarte que a veces, estos amores fugaces, que nunca pasan de casi platónicos, existen de verdad, y son bellos precisamente porque se mantienen castos.

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