El tahúr muerto

En nuestro mundillo siempre hay algunos mitos humanos, personas que son conocidas por alguna característica: su sombrero, sus tipos de jugadas, alguna característica física….

De entre todos ellos, destaca uno. Le llaman El muerto, y nadie sabe quién es. Corre el rumor que elimina a todo aquel que le hace sombra. Yo no sé si creer en eso, porque, vamos, hasta el momento soy el mejor jugador de cartas de este lado del ancho mar y sigo vivo. Así que prefiero no darle ningún tipo de credibilidad a estas habladurías y seguir con lo mío.

También es cierto que los tahúres no solemos vivir tanto como otras personas de oficios más respetables. Ya se sabe que hay mucho mal perdedor suelto por el mundo y algunos, cuando han sido desplumados, se toman la justicia por su mano, se desequilibran y buscan recuperar su dinero cobardemente, a espada y pistola.

El caso es que me enteré de que había una reunión de tahúres en la estación de Francia, y, como miembro destacado de ellos, allá que me fui. Los encontré en el mejor bar de todos, jugando. Me uní a ellos (muchos ya me conocían de otros encuentros) y comenzó la partida. Había dos o tres a los que tenía menos vistos, pero eso no me preocupaba.

No sé cuántas horas estuve jugando, porque mi suerte iba y venía, caprichosa ella como una hermosa hija única. Yo nunca me lo he jugado absolutamente todo, siempre guardo bien escondido un puñado de billetes y monedas por si hay que largarse de la zona porque me andan buscando. Otros, la mayoría de hecho, se arruinan y no tienen más remedio que volver a comenzar, labrarse de nuevo su fama…

El caso es que entré en una buena racha cuando llevábamos ya más de doce horas dándole a las cartas en todas sus modalidades. Tenía acumulados más de treinta mil euros, y con eso podía irme por fin a hacer las américas, quizá cambiar de vida…. El caso es que me retiré con las ganancias. Fui a comprar un billete de tren de largo recorrido que salía en poco.

En el compartimento, frente a mí, se sentó una mujer que no destacaba por nada, pero que a pesar de todo tenía un algo que me llamaba poderosamente la atención. Ella también se me quedó mirando, sonrió un par de veces y, cuando llevábamos apenas diez minutos o así del largo trayecto, me habló.

-Me permites una pregunta? -Así, con familiaridad.

-Claro, de qué se trata?

-Tú juegas a las cartas, verdad?

-Sí. Te apetece una partida?, pero antes debo advertirte que no se me da nada mal.

-Arriésgate. El viaje va a ser largo, y aburrido. Creo que jugar a las cartas es una buena manera de hacer que las manecillas del reloj se den prisa.

Y nos pusimos a ello. Ella era buenísima. De hecho, no sé todavía cómo ocurrió, pero el caso es que comencé a perder sin darme cuenta. Claro que fui recuperando a veces algo de todo lo perdido, pero el orgullo me hacía apostar cada vez más alto. Llegamos a nuestro destino, y en esa otra estación de tren, acabé completamente arruinado. Del todo. Cometí la gran imprudencia de apostar mis reservas, porque a mí jamás me ha hecho sombra nadie, y estaba completamente convencido de que ganaría lo suficiente para reponer mis fondos y largarme, pobre pero digno. Y no fue así. Lo perdí absolutamente todo.

Sabéis cómo se despidió esa dama, de la que sigo sin saber su nombre?

-Estás muerto, amigo mío. De eso puedo estar absolutamente seguro.

Y, efectivamente, es así. A los diez minutos de irse ella, morí. Comprendí que ella era El Muerto. Así terminé mis días. Muerto, y arruinado en la estación de tren de un destino que nunca conoceré.

Bueno, ahora tengo toda la eternidad para esperarla.

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