Historia de un amor (Reto Bradbury Semana 9)

Nunca fuiste el más enérgico de los hombres. Trabajabas, vivías solo y mantenías tu piso en unas condiciones aceptables, pero poco más. A la hora de hacer planes de pareja, pocas veces consistían en hacer excursiones por la montaña, o rutas de un pueblo a otro por paseos marítimos. Y cuando los llevábamos a cabo, terminabas el día desfondado, como si hubieras corrido una maratón a pata coja; tenían que ser siempre en sábado, porque el domingo no eras persona; te limitabas a ir de la cama al sofá, y a la inversa. Me tocaba a mí preparar la comida si no recurríamos a pedir a domicilio.

Al principio no me importó demasiado, tenías otras cualidades que difuminaban por completo tu pereza y con ellas me sobraba y me bastaba para construir una vida a tu lado. Pensé, ilusa de mí, que en cuanto te acostumbraras a mi personalidad de torbellino se te contagiarían las ganas de activarte, pero no. Ni mucho menos. Es más, lograste que, con el transcurso de los meses, todas aquellas ideas que implicaran montañas, caminos estrechos, pendientes y demás se me hicieran cuesta arriba, válgame la redundancia! Me había enamorado de ti hasta tal punto que un fin de semana de sofá, manta, peli, juegos y mimitos se me antojase el colmo de la felicidad.

Si la cosa se hubiera quedado ahí hasta te lo habría perdonado. Pero no, empeoró. Si los dos primeros años teníamos una vida sexual plena, también ésta decayó. Comenzaste por no querer probar cosas nuevas, bien. Eso no era importante. Tu siguiente paso fue descartar, primero de forma sutil, aquellas posturas que te suponían un buen desgaste de energía; que si te dolía la rodilla, que si la espalda… Lo que fuese por tal de quedarte tumbadito y dejarme a mí todo el trabajo. Lo hablamos, por activa y por pasiva, y lograste convencerme de que era algo temporal. Pero cuando ya estaba adaptada a aquello, tus ganas también se fueron esfumando, y pasamos de tres o cuatro por semana a uno o dos, luego uno cada diez días, cada quince…. En este punto tuvimos la primera gran bronca. No porque yo tuviese muchas más ganas que tú; ése fue el detonante. Se habían acumulado muchas cosas: tu pereza cada vez más evidente, tu desinterés por mis aficiones, tu falta de implicación en las tareas del hogar…

Vuelvo a decir que a ilusa, inocente e imbécil no me gana nadie, porque de nuevo te lo perdoné. Un error fatal. Tenía que haberme largado de tu casa como si se estuviera incendiando, pero no. Te di una oportunidad.

Me quedé en paro cuando llevábamos casi cinco años juntos. Me puse nerviosa, tú también estabas sin trabajo y tu prestación era irrisoria, con lo cual yo solita me estaba encargando de todos los gastos de TU piso (te lo pongo en mayúsculas para que seas consciente), mi coche, etc. ¿Reaccionaste? No, te limitaste a decirme que me relajara, que si nos teníamos que apretar el cinturón para seguir adelante lo haríamos.

Lo intenté, créeme que quemé todos los cartuchos que tenía en reserva por tal de hacer funcionar nuestra relación, incluso me los inventé, pero llegó un punto en el que la situación se hizo alarmante. Porque, por si fuera poco, me torcí el tobillo en el gimnasio (nunca renuncié a él, te mentí cuando te dije que me daría de baja) y no me quedó más remedio que quedarme en casa una semana. Lesionada y todo, traté de mantener el ritmo: barrer y fregar cada dos días, sacar el polvo, lavadoras, platos…. Mientras tú vegetabas en el sofá o en la cama. Una planta tenía más vida que tú…

Todo explotó cuando, recuperada ya de mi torcedura, quedé con mi mejor amiga. Ella en seguida se dio cuenta de que mi vida estaba tomando un rumbo preocupante, y tras hablar largo y tendido, acabé quedándome a dormir en su casa y derrumbándome como un castillo de naipes. No sé cuántas veces lloré, paré, me recuperé para volver a comenzar con los sollozos y la autocompasión… Pero sirvió de algo, vaya que si lo hizo!

Corté contigo de inmediato. Ni tan siquiera discutimos, te solté un monólogo sereno, sin inflexiones en mi voz, en el cual te expliqué de manera clara todos y cada uno de los motivos por los cuales te abandonaba. Recogí mis escasas pertenencias ante tu insultante inmovilidad, y me fui de tu vida para no regresar jamás.

Incendio

Esta noche es ideal para mis planes. Hace frío pero tampoco es insoportable, el cielo está estrellado y claro. Los animales que viven en el bosque parecen haber hecho un mutis por el foro general.

Me he sentado en un claro pequeño, a suficiente altura. Llevo unos cuantos días reuniendo maleza, ramas caídas, hojas secas y otros desechos naturales que puedan arder con facilidad. Me desnudo despacio; la ropa está doblada a mi lado.

Prendo fuego a una tea que he armado con mi camiseta; la acerco a la pira y en pocos segundos se ha encendido un fuego decidido a prenderlo todo con celeridad.

Acerco las manos al incendio, que por ahora está controlado, y siento cómo el fuego me las va calentando. Hasta que se produce el milagro: parte de las llamas han pasado ahora al cuenco que formo con mis manos unidas, formando una bola ardiente que, sin embargo, controlo sin dificultad. Miro el resplandor con fijeza y, sin pensármelo, voy acercando la pelota de fuego a mis labios. El ardor los besa, pero no quema; pienso en otra cualidad, la de agua, y el fuego se torna líquido, obediente a mi mente.

Deslizo esa especie de pelota ardorosa por mi cuello, hombros, brazos, hasta que cogen una buena temperatura. Con mis extremidades ya candentes, la paso por mi pecho, izquierda, derecha…. Mis senos reaccionan a las caricias de calor; se ponen firmes y duros. Bajo hacia el abdomen, el vientre, las piernas que mantengo cruzadas en la postura del loto… Tardan sus buenos minutos en destensarse y recibir con agrado el contacto del fuego, se me habían entumecido y helado por la temperatura invernal.

A estas alturas estoy excitada, siento que el deseo se apodera de mis pensamientos y me impulsa a correr, a acrecentar la intensidad de las caricias de la llama. Pero no es así como lo tenía planeado, así que me regodeo en aumentar un poco la temperatura de mis pies, que siempre están helados. Subo de nuevo por los tobillos, pierna, rodillas…

Resulta complicado mantener el fuego ardiendo a la temperatura adecuada sin que deje de ser líquido, necesito mucha concentración para ello. Pero lo consigo. Mi cuerpo ya está mojado y ardiente en su totalidad, o casi.

Subo por los muslos y, ahora sí, cambio de postura. Me tumbo despacio, no quiero enfriarme. De mientras, he mantenido la bola de fuego a la altura de mi pubis y la he hecho circular de un lado a otro. Listo. Separo las piernas y acerco el calor a mi pubis. Le ordeno hacerse más pequeña, tiene que dedicarse a una zona no muy grande pero muy sensible. Por fin… la hoguera de mis manos sabe lo que necesito, se amolda a mis dedos, los quema con cuidado pero a la vez los transforma en agua. Entran en mí, salen, acarician cada milímetro de esa zona tan escondida, la palpan, le dan suaves golpecitos, aumentan y disminuyen su velocidad hasta conseguir de mí un orgasmo total, que se adueña de mi piel, de mi cabello, de mis huesos, de mis pensamientos, y me hace gemir con fuerza, gritar al fin, con la explosión final.

Me he fundido con el fuego, ha perdido el control. Soy pasto de las llamas con un placer desconocido. No he sentido en ningún momento el terrible sufrimiento del que hablan cuando un cuerpo se calcina, todo mi ser clamaba por un orgasmo de fuego y al fin lo he conseguido.

La tetería del Rey Jaime

La tetería del Rey Jaime es un establecimiento humilde, pequeño y que parece más un local a punto de cerrar que un próspero negocio. Pero nada más alejado de la realidad. Su dueño, el tal Jaime, era un verdadero entendido en esa planta, y de forma regular hacía fuertes inversiones para aprovisionar a sus selectos clientes.

No es que no quisiera tener el lugar lleno hasta la bandera de forma constante. Lo que ocurría era que sus pocos clientes solían ser asiduos, selectos y de clase alta. Aparte de acudir a su pequeño rincón para degustar alguna de las siempre exclusivas variedades, solían adquirir género para sus hogares o para hacer regalos.

Lo que poca gente sabe de esta tetería es que, si se mantiene en pie, no es tan solo por su clientela de alto poder adquisitivo, sino por un grupito de siete personas que se reúnen allí cada tres meses y que le han ayudado cuando el negocio ha entrado en crisis.

Esos individuos son cabecillas de varias organizaciones criminales que necesitan de un sitio discreto y cuanto más anodino mejor. Encontraron la tetería del Rey Jaime años atrás, en uno de esos períodos de escasez, y como vieron que el lugar estaba apartado de la vista de los transeúntes decidieron convertirlo en su salón de reuniones particular. A cambio, ayudaron al dueño a reflotar el negocio.

Siempre pedían tés caros, exóticos y que no se encontraban con facilidad. Aunque estas personas provenían de varias partes del mundo, compartían una tremenda afición por esa bebida. Con el tiempo, cada uno de ellos fue decantándose por un tipo de té concreto.

El matcha era el preferido de los dos miembros de la Yakuza. Exigían siempre que se lo preparara la hija del dueño, pues ella había sido instruida en la ceremonia del té y sabía apreciar cada nimio detalle.

El té moruno, aunque no era puramente té, era el favorito del sector musulmán de la agrupación, formado también por dos personas.

El té amarillo se servía solo a una persona, originaria de Colombia, que además era el único que también pedía café; pero no uno cualquiera, sino un Blue Mountain, que tampoco es que fuera precisamente barato

El estadounidense siempre optaba por el té oolong, le llamaba la atención que se le llamara azul; no teñía el agua del color de los cielos, pero su sabor característico le emocionaba hasta el punto de adquirirlo en grandes cantidades en su tetería favorita.

Y finalmente el señor africano. Éste no había encontrado aún su té fetiche, solo pedía que procediera o de Kenia o de Sri Lanka, y se encargaba personalmente de asegurar que las plantaciones de las que provenía su te fueran explotadas por personal dignamente pagado y tratado, que se beneficiara de no pocos de los privilegios del país donde residía, España. Este hombre pagaba de su bolsillo a médicos, enfermeras, profesores y educadores varios por tal de que aquellos que le proporcionaban tal placer pudieran tener una vida como era debido.

Ante sus tazas de té, esos criminales de guante blanco tramaban siempre nuevas maneras de ampliar sus negocios, y dejaban a un lado sus procedencias, enemistades políticas, religiosas y culturales para poner en común sus dotes empresariales.

Estaban muy seguros de no ser descubiertos en la tetería del rey Jaime, y para mantener activo ese lugar estaban dispuestos a unirse más todavía para que, cuando el dueño decidiera jubilarse, el local pasara a manos de alguno de sus cuatro hijos, o incluso de la única hija, que con su belleza, discreción y arte les proporcionaba un muy merecido sosiego a sus ajetreadas existencias.

Una cólera de por vida

Ya desde niño tuvo mal carácter. Fue un bebé deseado largamente por sus padres, y cuan do al final llegó, le colmaron de amor y atenciones. Sus parientes y amigos les decían que, con tanto mimo y capricho, les iba a salir un hijo consentido y con muy poca tolerancia a la frustración y a la negativa.

Arturo, que así se llama nuestro protagonista, tuvo algo de eso. Era complicado decirle que no; se encolerizaba y montaba unas pataletas impresionantes, con llantos, gritos, tirándose por el suelo… Su madre sobre todo era la que más sufría con los arranques de rabia de la criatura; corría a calmarle y a darle aquello que deseaba. Hasta que un buen día, Diego, el padre, viendo que el acceso de cólera del niño no remitiría así como así, le cogió por banda y habló muy en serio con su hijo. Fue duro, doloroso, pero al final, tras mucho hablar, consiguió que en la inmadura mente del niño floreciera la idea del esfuerzo para obtener una recompensa.

A pesar de que los padres tuvieron la mejor de las intenciones educándolo con amor, cariño y comodidades, Arturo creció siendo una persona de enfado fácil, talante normalmente muy serio y con tendencia a alzar la voz ante la mínima contrariedad. Ya no se trataba de que le costara aceptar una negativa por respuesta, que también, sino que a la mínima se cabreaba. Su manera de demostrar incluso emociones positivas tales como la alegría, el bienestar, la felicidad, era muy explosiva. Muy poco convencional. Aquello le trajo más de un problema, pues sus allegados nunca sabían cómo reaccionar.

Lo malo de su tendencia a encolerizarse era que le ocasionó una infinita soledad, con el transcurso de los años. Le era cada vez más difícil relacionarse con nuevas personas, le tenían miedo. Y ya no hablemos de si le interesaba alguna mujer. El amor y él estaban reñidos de forma irreparable.

Contra todo pronóstico, consiguió un buen trabajo, de responsabilidad elevada y bien pagado, y no tan solo se le respetó, sino que se le llegó a querer. Cómo lo consiguió es algo que su familia no llegó a comprender nunca, pues le daban por perdido; tanta ira no le traería nada bueno, y habría sido así de no haberse cruzado en su camino la única mujer capaz de lidiar con ese temperamento tan desbocado.

La suerte, empero, no parecía estar de lado de Arturo. Durante un viaje que hizo con su mujer a África, ambos enfermaron. Ella se recuperó a los pocos días, pero Arturo no remontaba. Estaban en una zona en guerra, pues Isabel, su mujer, trabajaba para una ONG y la habían destinado allí como enfermera. Él solo ejercía como voluntario en multitud de tareas. Estaba tan comprometido con el trabajo que no prestó atención a su salud durante un tiempo demasiado prolongado, y cuando por fin pudo recibir una adecuada atención ya era tarde.

­—Cólera —le dijo el médico que le atendió. —Eso es lo que tienes. Por desgracia, no te lo hemos podido coger a tiempo…. Lo siento

Y, por primera y última vez en su vida, Arturo tuvo un ataque de risa que le dejó todavía más descompuesto de lo que ya estaba. “Cólera”, pensaba. “Que me diagnostiquen una enfermedad que se llama como lo peor de mi carácter es de risa”…

Primavera

Primavera, que la sangre altera;

Estación de nuevos verdes, de renaceres de la vida,

De abandonar el frío invierno a su merecido olvido

Y cederle el paso lentamente al verano

De cálida luz y eterno día.

Primavera, estación de agua y fresco y viento y tempestad,

Tiempo de regar la tierra, abonar el alma,

Nutrir el mundo de savia y energía.

Colorida y deseada primavera,

Te llamamos con anhelo

Para que puebles la existencia con tu reconfortante calidez,

Para que empapes nuestros seres de tu agua bendita.

Ven a nosotros, esperada primavera,

No nos abandones nunca, no te olvides de nosotros.

Trae contigo esperanza, ilusión, sol y luz,

No te desboques, no nos inundes,

Pero tampoco nos dejes secos de tu agua.

Ven a nosotros estimada primavera

Y bríndanos con tu presencia un gran rayo de esperanza,

Llévate de aquí los males que el invierno nos ha dejado,

Arrástralos bien lejos, enciérralos allá donde se te ocurra,

Y nunca olvides, estimada primavera,

Que eres la guía hacia una nueva vida.

Pensamientos en torno a la sugerencia del azul

Mira que existen colores y definiciones, pero… Azul eléctrico? Algo tan tópico, típico y normal como ése? Y ahora qué cuento, relato, historia o entretenimiento debo pergeñar con unas palabras que por si solas ya vienen unidas?

Miro el cielo. Sí, vale, azul es, pero el de hoy no está dotado de mucha luz…. Más bien han apagado la bóveda celeste, se ha quedado desvaído y mezclada con mucho blanco.

El mar… Pues va ser que no, estos días lo tenemos de todos los colores y tonalidades que uno se pueda imaginar, pero ni eléctrico ni azul. Está revuelto, fiero, cabreado. Verde oscuro, con mucho negro y algo de gris. Cualquiera diría que a Poseidón le ha dado un ataque de locura y no deja de agitarlo, porque telita el miedo que da acercarse a tanta agua.

A mi alrededor tampoco es que abunde el azul, está todo blanquecino y congelado.

Pues lo llevas claro morena con este combo!!! Usa tu imaginación, que para eso la tienes….

Qué te gustaría que fuera azul eléctrico?

Bueno, si lo piensas con claridad, es un color bonito. Transmite mucha energía, fuerza, alegría… Positividad…. Y si te imaginas vestida de ese color parece que todo cambia a tu alrededor. Quizá no de buenas a primeras, las cosas no funcionan así. Pero si dejas que pase el tiempo, seguro que lo notas. Dicen que la cromoterapia sirve para algo, y que influye en nuestro entorno.

Pero tú siempre has sido amante de los colores oscuros… O te los han metido en la cabeza para convencerte de que ellos disimularían que eres grande?

Claro!! Grande!! El azul es un color redondo!! Cómo le llaman a nuestro planeta? El planeta azul!! Y tú si algo estás, bonita mía, es redonda. Eres redonda y azul como esta pelota llamada tierra en la que vivimos. Y por ser la que nos da la vida ya es bonita en sí, ¿o no?

Te imaginas que a la Tierra la camuflaran con ropajes negros para esconder que está redonda? Sería insensato! Pues ale, a partir de ahora, a vestir de azul eléctrico se ha dicho, y al que no le guste que se calle un poco.

Seguro que quieres dejar esto escrito para la posteridad? No sería mejor pensar un poco más en ello y jugar con las palabras?

Pero es que azul eléctrico…. Venga ya!!!

Usa la imaginación…. Busca imágenes azules.

Es inútil, niña, tu capacidad de sacarle partido a las palabras se ha tomado otra vez unas largas vacaciones y no están por la labor.

Con lo poco que te costaba antes coger las consignas y crear historietas con ellas, y ahora cualquiera diría que llevas escribiendo toda tu vida.

Azul eléctrico. ¿Qué te sugiere eso?… Pintura?… Sí claro, es evidente, pero cualquier cuadro que se te pase por la cabeza tiene todos los colores habidos y por haber excepto ése. Lo ves un color demasiado moderno. Muy Miró.

Piensa en Miró, que lo utilizaba. Qué te dice?

Que ni un millón de Will Gompertz conseguirán que cambies de idea respecto a lo que vale un Miró!! Venga ya, a otro con ésas!! Que fue el primero que pensó en darle valor a las manchas de color…. Valiente estupidez. Y los que pagan millonadas por esas tonterías, ya podrían invertir en otras cosas.

Así que el azul es un color positivo… Y eléctrico…. Electrificada se queda una cuando se da cuenta de que el arte moderno consiste en arrimarse a alguien que no sabe en qué gastarse el dinero. Cualquier día enmarco una hoja blanca y la vendo como arte, a ver si alguno de esos que van de listos me lo compra!!

Caray con el azul, lo que te ha hecho pensar.

Pues ahí se queda, y a quien no le guste, que lea otra cosa.

He dicho.

La desaparición de los abrazos

En el mundo de los seres humanos, la situación se había vuelto insostenible. Estaban prohibidos los besos, los abrazos y todas aquellas muestras de cariño que implicasen contacto físico.

Los besos no dijeron nada, porque a fin de cuentas su presencia no afectaba de un modo extraordinario al día a día de las personas.

Pero lo abrazos, aterrorizados ante la situación, salieron corriendo para esconderse. Se reunieron todos en un lugar seguro para ellos, allá donde nadie pudiera juzgarles. Se pusieron a hablar de su futuro, y lo veían oscuro. De golpe, sin que nadie les consultara, pasaron de ser tenidos como medicina para el alma a ser considerados poco menos que un peligro para la humanidad. ¿Desde cuándo darse un abrazo era dañino para alguien? Se preguntaban. No podían comprenderlo. Ellos, que siempre habían sido prodigados sin mesura, de modo altruista, como un lenguaje sin palabras… Y ahora ya no podían repartirse. Estaban reservados solo a aquellas personas que ya convivían, pero no a aquellas personas a las que no se veía con asiduidad. Expandirse era considerado peligroso, contagioso…. ¿Mortal?  No les entraba en la cabeza aquello de que por abrazarse pudieran contagiar algo nocivo. Para los abrazos, solo existían las ventajas y las virtudes de sus existencias. Calmaban, curaban, ayudaban, animaban, consolaban… Y muchas más cosas, todas ellas beneficiosas para los seres humanos que les habían expulsado de sus vidas.

Consideraron la posibilidad de saltarse a la torera aquellas normas absurdas y seguir repartiendo sus propiedades medicinales por el mundo, pero les era imposible. Cada vez, los seres humanos a los que antes habían ayudado ponían más dificultades a su modo de vida. Limitaban las reuniones, ponían freno a la socialización e incluso dificultaban que las familias que vivían lejos pudieran verse.

Llegó un punto en el que los pobres abrazos, perdidos para el mundo, se plantearon la posibilidad de manifestarse para que volvieran a ser tenidos en consideración. Aunque se habían apartado de la humanidad, seguían diariamente las noticias que les afectaban. Y, en vista de las novedades tan poco alentadoras, no veían la luz al final del túnel. Alguno que otro salía a dar un paseo por el mundo para repartir un poco de esperanza, pero al ser descubierto y multado se veía obligado a regresar a su escondrijo.

¡Pobres abrazos! Nadie podía consolarles de la tristeza sin fin que les embargaba al verse relegados a una posición tan desagradable como la de transmisores de una enfermedad…

Veinte años después

No me creía aquella invitación. ¡Mis ex compañeros de octavo de EGB habían organizado una cena de reencuentro, veinte años después de haber terminado el curso! ¡Y querían contar conmigo! No sabía por qué, si casi ninguno de ellos me hablaba en ese entonces.

Pero decidí acudir. Me mataba la curiosidad. Se me ocurrió traerles una buena bandeja de postres caseros.

La cena fue un desastre, casi todos ellos habían mantenido el contacto una vez terminado el curso y se conocían más o menos. Yo a duras penas hablé por encima con alguno de ellos, una chica con la que recordaba no haberme llevado del todo mal y un chico que siempre había sido bastante amable.

Cuando trajeron los dulces, aplaudieron con regocijo. Recibí felicitaciones por doquier, no hubo ninguno que me dijera que estaban malos. Yo solo cogí un par de pastelitos; les puse por excusa que me habían detectado una prediabetes y tenía que cuidarme, no tenía ganas de pasar por la insulina diaria y, ahora que estaba a tiempo, iba a ponerle remedio.

Una vez hubimos dejado el restaurante, fuimos a una discoteca cercana que tenían entrada gratuita para seguir con la fiesta. Estaba un poco aburrida; moría de ganas de llegar a casa, tumbarme en la cama a leer un poco y olvidar que aquel reencuentro había confirmado que yo era la típica a la que se trata con condescendencia.

En cuanto me fue posible me despedí de toda la cuadrilla, agradeciéndoles que se hubieran acordado de mí. Hubo las típicas promesas vacías de mantener el contacto, ¡cómo no!

Al día siguiente, apareció una noticia en primera plana del periódico local:

“Envenenamiento masivo en conocida discoteca de la ciudad”. Catorce personas habían sido trasladas de urgencia al hospital de Mataró, afectados por una intoxicación de origen desconocido. Se sospechaba que habían tomado algo en mal estado. Se les estaban haciendo pruebas para determinar qué había podido causarles esa reacción.

—Eso os pasa por tragaldabas —le dije al papel, sonriendo satisfecha—. Y por haberme tratado como la misma mierda de siempre. Quien ríe el último ríe más fuerte, y ahora, es mi turno.

Nieve

El monte llevaba días teñido de blanco, y el clima parecía desear echarle encima una nueva capa de pintura.

No había muchas casas en él, ya que era un lugar de difícil acceso. Estas pertenecían a personas mayores, la mayoría, o a gente que tenía ahí una segunda residencia.

Una de las cabañas estaba deshabitada, no se sabía quién era el dueño de la misma. A las afueras de ella se congelaba lentamente una pareja de jóvenes amantes. En silencio se habían amado durante días, abrazándose para no perder el escaso calor que lograban conservar por estar desnudos.

La nieve, sin hacer ningún ruido, iba cubriendo sus cuerpos, rozándoles con una caricia amorosa. Ese mimo no era ni cálido ni agradable, pero les importaba poco. Seguían unidos de cuerpo y mente, percibiendo cómo la vida les abandonaba tanto como el calor de sus cuerpos. Sentían el gélido y callado abrazo de la nieve, que caía sobre ellos con regularidad, sin prisa pero sin pausa.

Al final, un último suspiro salió de sus helados labios al unísono. Habían muerto de frío, pero juntos, en un eterno abrazo. A su alrededor, una tumba de nieve caía muda y seguía brindándoles su caricia de puro frío. En silencio se fueron aquellos dos que se amaron con el fuego de sus cuerpos y murieron por el frío de la nívea tormenta.