No hay datos

Lo primero que hago por las mañanas, una vez me he despertado y duchado, es conectar los datos del móvil y repasar los cotilleos de Instagram, Twitter, Facebook, ver qué chorradas se han dicho por las apps de ligoteo que uso…. Lo reconozco, soy una adicta a internet.

Pero hoy, al ponerle el wifi al móvil, no da señal. Mosqueo pequeño al canto. Compruebo el rúter por si se ha estropeado, lo reinicio mientras me preparo el café. Nada.

Comienzo a agobiarme. Ya no es cosa del móvil, el portátil tampoco se conecta. Pienso en llamar a soporte técnico de mi compañía, pero dudo que a las seis y media de la mañana estén operativos. Si cuando vuelva a casa sigo igual, llamaré y em oirán!

En la estación de tren, veo caras de circunstancias, gente que también mira de forma insistente el móvil, la Tablet o lo que fuese. Un chico al que veo con asiduidad se me acerca y me pregunta si me funciona internet. A él no, tiene Vodafone, yo Timofónica, y los dos estamos igual. Esto ya es alarmante, dos compañías que no funcionan? Qué está pasando?

En el interior del tren se comenta la situación. Un grupo de estudiantes están comparando compañías, tarifas, cosas así, y me entero de que es una caída de todas las compañías. Aunque es algo inútil, me pongo a trastear mi IPhone como si por el mero hecho de toquetearlo de forma compulsiva pudiera hacer reaccionar a los datos.

A la hora de entrar en la oficina, mi desesperación alcanza cotas de histerismo. Lo peor, eso sí, está por llegar, ya que tampoco puedo hacer nada en el trabajo. Ni consultar el planning del día, ni encender el aplicativo empresarial…. Al menos funciona el paquete Office!, algo se puede hacer. Pero la jornada es estresante, tenemos que sacar como sea toda la información que guardábamos en la nube, y eso nos estás trastornando a todos. Hay que ver qué dependientes nos hemos vuelto!

A la hora de comer, como parece que esta incidencia va para largo, se oye más ruido del habitual en la cafetería, la gente que no solía hablar se sienta con compañeros y se inician conversaciones que de otro modo no existirían. Por la tele, en cambio, ni una triste reseña. Como si aquello fuera normal y no una catástrofe moderna!

Por fin estoy en casa! Son las ocho de la noche y todo sigue igual! Y es curioso, pero yo, que pensaba que a estas horas habría inundado a mi compañía de llamadas y reclamaciones, estoy dándome cuenta de que en realidad me siento en paz al no tener que estar siempre contestando whatsaps absurdos con caritas y palabras huecas por compromiso, solo he recibido tres llamadas de tres amigas que me proponían planes para esta semana, y no pasa nada si no juego por el móvil! Quizá solo voy a echar de menos Netflix, con todas sus series y películas… Pero tengo unos cuantos libros pendientes de leer, y me atrae la idea de pasarme un buen rato enroscada en el sofá con mi gato en el regazo y un buen libro.

Por el noticiario general anuncian, por fin!, que en España se está haciendo un estudio de adicción a internet. Facilitan teléfonos gratuitos para la gente que realmente está experimentando síndrome de abstinencia, y lamentan no haber avisado a la población de que esto iba a suceder. Me digo que no es una maña idea.

La falsa amiga

Diana y yo éramos amigas desde que teníamos unos seis años. Nos conocimos en primaria, y desde entonces nos volvimos prácticamente inseparables.

Cuando nos tocó escoger carrera, yo tiré hacia periodismo y ella hacia la ingeniería informática, siempre había sido un hacha con las nuevas tecnologías. Entramos en la misma universidad, pero nuestros horarios eran diferentes y dejamos de pasar todo el día juntas.

Eso no mermó nuestro cariño; nos dio espacio para conocer gente nueva, encontramos nuestros primeros trabajillos para costearnos los estudios… Y ese aparente distanciamiento reforzó nuestro vínculo.

Cuando acabamos las carreras y encontramos trabajos más serios (yo como becaria en “La vanguardia” y ella en Huawei, ni más ni menos!) pareció iniciarse una fisura en nuestra amistad.

Nos involucramos en nuestros trabajos, ella se casó, yo acabé siendo destinada a Internacional y comencé a viajar, luego pasé a ser reportera de guerra y mis viajes se hicieron más peligrosos….

Seguíamos quedando con cierta frecuencia, pero nuestras citas eran cada vez más breves, y nos dimos cuenta de que nuestras vidas ya tenían poco en común.

Por eso me extrañó que me llamase, deprimidísima, y me pidiera quedar con urgencia. La cité en mi casa, ya que yo vivo sola, y ella aceptó encantada. Fue extraño volver a pasarnos horas hablando, poniéndonos al día…. Se había separado. Había pillado a su marido en pleno lance sexual con una chiquilla que no tendría ni dieciocho años, y luego se enteró que ésa era la última de una larga lista de conquistas. Se sentía sola, fracasada, abandonada, y en un momento así de delicado se había acordado de mí. Naturalmente la acogí con los brazos abiertos, le ofrecí mi casa….

La gran sorpresa me la he llevado hace unos días. Volví de hacer unos encargos, y al entrar en casa me he puesto a trabajar en la novela que tengo casi terminada sobre mis experiencias en el Yemen. Cuál no ha sido mi disgusto al ver que el portátil estaba vacío!  Menos mal que tengo contratado un buen almacenamiento en la nube y que, en realidad, no tenía demasiada información vital en el portátil de casa, pero… Sorpresa! Mi nube había desaparecido!! Nada de nada!!!! Me he conectado a otra nube auxiliar, y tampoco. Es decir, que mi vida laboral estaba completamente hundida.

Me encontré una nota de Diana. “Lo siento, amiga mía. No puedo dejar que mi vida se vaya a la mierda, y tú eres realmente brillante. Mi vida ha sido un fracaso, pero gracias a tu genio, todo cambiará”.

Me he puesto a investigarla, y he sabido que dejó su trabajo en Huawei porque la pillaron drogada y a raíz de eso su vida entró en una espiral de autodestrucción. Ni siquiera tiene la custodia de sus hijos. Pero la muy hija de puta llevaba años espiándome y había sido testigo en la sombra de mi carrera, y por una especie de envidia malsana decidió aprovecharse de nuestra antigua amistad para acabar de acceder a lo que necesitaba de mi trabajo para adueñarse de él y renacer de sus cenizas. Lo ha hecho tan bien, la condenada, que mi puesto de trabajo está pendiente de un hilo.

Pero lo que ella no sabe es que yo también puedo hundirla de nuevo en la mierda, y, si ha de ganar alguien, no será Diana.

Cuando el trabajo ya no es un problema

Una entrevista de trabajo. El jefe de departamento, desesperado por la situación, intenta convencer al entrevistado para que acepte el puesto.

—Señor Almeida, piense que nuestra empresa es líder en el sector….

—No lo niego, pero no ofrecen un sueldo suficiente. Si usted es capaz de vivir con mil doscientos euros mensuales, teniendo hipoteca, mujer y dos hijos, explíqueme cómo lo hace.

—No es usted el único en una situación como ésta, señor….

—Tampoco se lo discuto, pero los tiempos han cambiado. Nosotros los trabajadores estamos muy buscados, ya no estamos en crisis como cuando usted y yo éramos veinteañeros y debíamos aceptar cualquier basura.

—Si usted cree que en otro sitio le van a ofrecer más… Piense que son sólo cuatro horas!

—Lo sé lo sé, pero lo que no voy a hacer es tener dos trabajos para lograr un sueldo decente, cuando las empresas de nueva creación están ofreciendo casi el doble. Y sé perfectamente que necesitan un contable. En dos años han probado a cuatro personas diferentes y se les han ido todos por las malas condiciones laborales.

—Y usted cómo ha sabido eso?

—El networking puede hacer mucho daño a los dinosaurios empresariales como el que usted representa, señor Elías. Y da la casualidad que conozco a dos de los contables que trabajaron bajo sus órdenes, y ambos me han dicho lo mismo: que ustedes se empeñan en querer a una sola persona para sacarles el trabajo de tres, que les obligan a hacer muchas horas extras, que no tienen las catorce pagas… En fin, no voy a profundizar más. Solo le diré que he venido por cortesía.

—Quiere usted decir que no aceptará trabajar con nosotros.

—Pudiendo elegir una empresa que me permite el teletrabajo, que me ofrece un cuarenta por ciento más que ustedes, con quince pagas anuales!, y todo tipo de facilidades para cuidar de mi esposa enferma de ELA, además de una beca para mi hija mayor que quiere ser neurocirujana…. Usted verá. Si es capaz de igualarme la oferta, me quedo con ustedes.

—Pero esas condiciones…. —el señor Elías se rindió con un gran suspiro—. Hace usted bien en irse con nuestra competencia, Almeida. Le deseo lo mejor.

Una vez se hubo marchado Almeida, Elías se sentó en su cómodo sillón de director, abrumado por la evidencia. Tendría que hablar con el gerente de la empresa para ponerle las pilas a la hora de buscar personal, de lo contrario tendrían que tomar una decisión bastante dura: o bien reducir plantilla, con al consecuente rebelión de los trabajadores, o bien invertir más dinero en ofrecer mayores salarios. Tanto Elías como los miembros del cuadro directivo de la empresa eran personas poco acostumbradas a verse rechazados por las personas a las que entrevistaban, pero hay que tener que estaban anclados en lo que, para ellos, eran los buenos tiempos: los de la crisis, en la que podían recortar salarios y derechos sin obtener quejas, en las que cualquier trabajador se arrastraba pro tal de no ser despedido…

Pero con el fin de la crisis y las insólitas medidas tomadas por el gobierno, los medianos y grandes empresarios vivían aterrorizados: no podían deslocalizar sus empresas por miedo a que el estado se las expropiara, no podían cerrar ninguna planta sin justificar que era absolutamente necesario, y para despedir a un simple carretillero tenían que argumentarlo con pelos y señales. Por si fuera poco, ya no existía la jornada de ocho horas, ahora se trabajaban máximo 5, pero con el sueldo de las antiguas ocho. Ya no había largas colas para cubrir cualquier vacante, sino que cada vez que quedaba un puesto libre se las veían y se las deseaban para que alguien aceptara ya que todo el mundo parecía disponer de un trabajo satisfactoriamente remunerado…. Por fin el poder estaba realmente en manos de quien tocaba, y el trabajo había dejado de ser una preocupación ciudadana para pasar a ser algo tan asequible que los “de arriba” debían vérselas para que nadie se les fuera.

Explosions in the sky

Querida Diana, se ha acabado el vivir acorraladas! Tras la última explosión se ha producido, por fin, la tan ansiada calma. Nos han prometido que la guerra ha finalizado, y dejaremos de vivir atemorizados por el estrépito de explosiones, disparos, metralletas y demás.

Ahora toca recuperar, lentamente, el equilibrio que supondrá vivir en una paz al principio frágil pero esperanzadora y llena de proyectos de reconstrucción.

Quiero ir a buscarte, amiga mía. Cuando nuestra amada ciudad se vio seriamente asediada por el enemigo decidiste huir a la tierra de tus familiares, que ya se hallaba en una especie de tregua, y bien que hiciste! Decidí quedarme aquí de bastión, vigilando el fuerte, como solía decirte cuando te ibas, ¿te acuerdas? Y eso es lo que he vuelto a hacer, permanecer en nuestra fortaleza para que tengas un sitio donde volver.

Así que, con el corazón henchido de ilusión, emprendo el largo camino que me va a llevar hacia ti. Hace más de dos años que te fuiste para permanecer a salvo; te diste cuenta de que estabas embarazada y deseabas traer a esta criatura al mundo, a pesar de hallarse éste en combate permanente. Te apoyé, te proporcioné todos los recursos de que fui capaz para que tu viaje fuera lo más seguro y cómodo posible, y nos hicimos la promesa de permanecer vivas para que, cuando esta locura terminase, volvernos a encontrar.

La Resistencia ha sido altamente eficaz para derrocar al enemigo, y nuestra ciudad, fuertemente amurallada, ha demostrado ser un terreno duro de roer, y no ha habido ejército de tierra que haya conseguido llegar demasiado lejos en sus incursiones. En cambio, los bombardeos aéreos nos han causado daños serios, pero nada que la unión no haya podido contrarrestar.

Pero no voy a contarte nada que no sepas! Allá en los campos tampoco debe haber sido fácil permanecer a salvo y seguro, aislados como estáis, sin el apoyo de valientes guerreros aliados ni una red de espionaje que os aleje a los soldados enemigos. Pero todos, vosotros los campesinos y nosotros los habitantes de la ciudad, formamos parte de una nación luchadora, batalladora cuando ha hecho falta y siempre unida ante toda adversidad que se nos echase encima.

No sabes lo fuerte que me siento al notar en mi cara el aire, aunque huela todavía a pólvora, a tierra, a destrucción… Me embarga la ilusión al saberme superviviente del caos, de esta guerra que no parecía tener un final cercano!

El camino será largo, lo sé, y me va a tocar recurrir, de nuevo, a mi ingenio para no desfallecer de hambre mientras voy a buscarte; son muchos los kilómetros que nos separan, y soy consciente de que voy a encontrarme con ruinas por todos lados, cadáveres en distintas fases de descomposición, quizá algún superviviente al que tendré que auxiliar… No me asusta el porvenir. Todo lo que he aprendido en esta guerra, más lo que mis hermanos me enseñaron en los meses previos a su declaración y mientras ésta se desarrollaba lejos de aquí, me han dotado de una buena variedad de recursos a la hora de sobrevivir con casi nada.

Así pues, querida amiga del alma, allá voy! Sé que en menos tiempo del que esperas volveremos a abrazarnos, conoceré a tu hijo o hija, y juntos los tres emprenderemos una nueva aventura en este largo camino que es la vida!

Aire

El aire acondicionado de la empresa decidió volverse loco.
Se había hartado de estar siempre manipulado a través del mando a distancia de los empleados de la planta, que nunca estaban satisfechos con la temperatura que les brindaba. Siempre había el típico friolero que pugnaba por apagarlo a la mínima, el eterno caluroso que por muy frío que saliese el aire siempre deseaba más… Total, que al viejo y eficaz electrodoméstico le tenían hasta los cables de tanto sube y baja!
Así que cobró conciencia de cuán importante era él en realidad y comenzó a tomar decisiones por su cuenta y riesgo. Comenzó por no obedecer a las demandas de más frío por parte del caluroso, permaneciendo inalterable en unos nada desdeñables veintiún grados. Al cabo de una hora, viendo que en la oficina se había generado un ambiente de paz en el que todos los empleados estaban más o menos a gusto, le dio por expulsar de su interior todo el frío del que era capaz, hasta conseguir un ambiente casi invernal que obligó a la cuadrilla de oficinistas a temblar, encogerse, recurrir a todos los trucos conocidos para entrar en calor. Eso incluía al eterno amante del frío, que acabó admitiendo que aquellos escasos doce grados eran demasiado poco para resultar sanos en un día en el que, en el exterior, se tocaban los cuarenta grados antes del mediodía.
Al día siguiente, el aire dio un paso más y alternó los doce grados con casi veintisiete, sin previo aviso y funcionando a tanta potencia como daba de si su obsoleto sistema de regulación.
Al tercer día se dio un pequeño descanso y solo quiso oscilar entre diecisiete y veintidós, ya que ese rango de temperaturas forzaban mucho menos su maquinaria.
Al cuarto volvió a la carga, vuelta a pasar de un frío de pingüino a un calor tropical. Esto hizo que comenzase a perder agua, pero le importó muy poco. La satisfacción que le causaba ver qué todo el mundo le hacía caso buen valía una herida de guerra.
Al quinto día no pudo hacer nada porque el de mantenimiento se dedicó con verdadera saña a destriparle por tal de averiguar dónde se podría hallar su supuesta avería. Y cuando, tras sufrir una dolorosa operación de cinco horas sin tregua, le escuchó decir al tipo ese que no había remedio y que tendrían que mandarle al desguace, se enfadó terriblemente. Nadie iba a prescindir de él mientras tuviera algo que decir!
Durante el fin de semana descansó, pensando en si su travesura de cacharro amado y odiado a partes iguales hacia válido la pena, y cuando llegó el lunes, antes de tomar una decisión definitiva prefirió escuchar las deliberaciones que tendrían los empleados de la oficina.
Ellos, tras una reunión corta, optaron por hacer caso al de mantenimiento y sustituirle.
Que traicionado se sintió!!! Así que le iban a dar carpetazo!!! Pues muy bien, pensó, ya que iban a darle muerte definitiva, que así fuese, pero hasta el día en que le hicieran la eutanasia presentaría la más cruel de las batallas!!!
Su última quincena de vida fue espantosa en la oficina. Nadie sabía si llevar chaqueta o cubiteras, usar un paraguas para no mojarse ante el agua que el aire perdía cada vez en mayores cantidades o usar pulverizadores de agua para combatir la sequedad….
Murió el aire acondicionado con la satisfacción de ver que su sustituto era infinitamente más moderno y podía regularse para que cada trabajador tuviera la temperatura que más le conviniese.
Por fin, iba a haber aire a gusto de todos, transformando el dicho popular.

Y ahora qué hacemos con el esqueleto?

En la sala de operaciones del cirujano enfundador de calaveras siempre había máxima expectación. Desde que se había descubierto, algunos años atrás, que los esqueletos podían estar envueltos en fundas de carne, músculos, sangre y vísceras, en el planeta Hueso andaban todos sus habitantes hechos un amasijo de nervios por probar esa nueva experiencia. Cómo sería tener que cuidar de un envoltorio tan complejo como ése? Qué sensaciones se tendrían? Cómo cambiaría su vida cotidiana?

De eso mismo estaban discutiendo acaloradamente el matrimonio Skull el día que tenían cita para someterse a tamaña operación.

Él, el señor Skull, Darth se llamaba, estaba emocionadísimo, y no dejaba de hablar por las mandíbulas.

—Mira, Leia, fíjate en eso!! Ponen la funda desde los pies!!! Parece increíble, si la cabeza es más grande!!!

—Ay Darth, quieres callarte un poquito por favor? No quiero saberlo!

—Pues tú te lo pierdes…. Ahí va!! La funda no está intacta! Y mira cómo lo hacen los doctores, qué maravilla! La tienen abierta por un lado y la van poniendo igual que un guante…. Esto es realmente maravilloso!

Y así todo el rato, habla que hablarás, desencajándose quijada y mandíbulas a copia de hacer de comentarista.

Leia Skull, en cambio, no las tenía todas consigo. Ella siempre había estado conforme con eso de ser solo un esqueleto, pero como la situación económica por la que estaban pasando no era la mejor, y des del programa “Enfúndate” les habían prometido sustanciosas ayudas si accedían a probar eso que le llamaban “Ser un humano”, pues había acabado por acceder. Les habían explicado con todo detalle en qué consistiría la prueba, duración, bla bla bla… Y se había ido preocupando más a medida que se acercaba el día. Porque claro, por muy buena que fuera la compensación, ella no estaba segura de poder hacer frente a lo que significaría tener un cuerpo que alimentar, cuidar… Y si no le gustaba el que le había tocado? Y si tenía enfermedades? O vete a ver!! Había millones de cosas que solo las aprenderían a base de ensayar, equivocarse y arriesgarse!!!

Pero Darth, nada de nada. Llevaba no se sabe cuánto rato parloteando desenfrenadamente, sin prestar atención a su pobre esposa, que estaba sumida en un mar de dudas.

—Darth… Escúchame un momento por favor…

—Ahora no, mi huesita. Espérate a que releven a estos dos cirujanos, se tendrán que tomar una pausa y entonces hablaremos lo que quieras.

—Es importante.

—Más importante que ver en vivo y en directo cómo vamos a quedar una vez “encuerpados”?, no quieres saber qué irá pasando con tu calavera mientras está completamente inconsciente?

—No… No me importa. Que sea lo que tenga que ser.

Iba a seguir hablando, pero se dio cuenta de que no surtiría efecto alguno. Darth Skull era un científico apasionado, ávido de nuevas experiencias, y ella solo era una calavera común y corriente que tenía bastante con pasar la existencia junto a sus seres queridos. Así que miró para otro lado, y echó a llorar, ajena a todo lo que sucedía a su alrededor.7a80967e32f8216ad97d4a59e909bf55

Fuego

Todo lo que hay a mi alrededor está asquerosamente sucio. Sucio de dolor, sucio de rabia, de ira, de discusiones cada vez más tempestuosas que solo nos llevaban a reconciliaciones igualmente sucias, de sexo enfurecido y doloroso.

Nada de lo que veo en esta casa tiene pinta de volverse limpio alguna vez. Cada mueble, cada tela, cada objeto me recuerda a ti. Quisiera poder deshacerme de lo malo que traen y poder vivir aquí de nuevo en paz, hallar armonía en esta casa que una vez llamamos nuestro hogar. Pero no es posible, parece como si el hedor de tu lado oscuro se hubiera impregnado aquí hasta volver este espacio inhabitable. Todo lo que una vez tocaste arrastra consigo ese perfume maloliente y no hay limpieza capaz de hacerlo desaparecer.

Llevo ya un año estancada en mi pasado, sobreviviendo al presente a base de limitarme a una rutina sin sentido alguno. Y no puedo más, he de purificar mi vida como sea, de un modo radical, sin vuelta atrás.

Así que esta noche, aprovechando que es San Juan, que las hogueras se han vuelto tradición y símbolo, voy a hacer lo único que veo viable para sanear mi vida. Lo tengo todo: gasolina, mecheros, cerillas y un soplete por si falla todo lo demás. Rociar la casa me ha llevado un buen rato, y esta tarea ha resultado ser más cansada de lo que me temía. Me he asegurado de que todo aquello que puede prender esté bien empapado de gasolina.

Comienzo prendiendo fuego al dormitorio, que es, de todas, la habitación que peor huele. El fuego comienza a arder, tímidamente primero, y en breves instantes se aviva, se inflama y se expande. Me recuerda a los intensos encuentros sexuales que teníamos aquí, tímidos y vacilantes en los inicios de nuestra relación, pero salvajes y desatados a medida que nos conocimos mejor y aprendimos a tocar las partes de nuestros cuerpos que más nos hacían estallar.

El lavabo tiene poca cosa que arda, así que en él he arrojado parte de la ropa que guardaba, algunas toallas y sábanas que puedan quemarse.

La cocina es la más peligrosa, en ella hay gas, y lo he dejado abierto, que fluya y acelere la tremenda explosión.

Y por último el comedor, donde está todo apilado de cualquier manera. Me quedo allí, observando cómo el fuego hace su trabajo de definitiva limpieza, sintiendo cómo las llamas se adueñan de mi alma y replican en mi interior la purificación que tanto necesito. No me asusta morir, si no soy capaz de salir con la suficiente prisa y el fuego me captura y me lleva consigo, aceptaré lo que él quiera hacer de mi cuerpo.

He sido capaz de salir a tiempo, pero no puedo alejarme todavía. Me quedo a una distancia más o menos prudencial, observando cómo el intenso fuego purificador arrasa con toda la mierda que encuentra a su paso. Y mientras ese incendio devasta el hogar que compartimos un día y que ya solo era anclaje pestilente, mi alma, que ha resultado tan quemada como la casa, experimenta a su vez una purificación excepcional y me hace ser capaz de abandonarlo todo para comenzar de cero en cualquier otro lugar, limpia, pura y renovada.

Ten fe

Volvía a casa. Acababa de subirme en el tren en Sants y hallé asiento. Iba concentradísima devorando a Santiago Posteguillo y su Trajano, así que cuando la espantosa megafonía del tren anunció que debido a una avería tendríamos que permanecer parados un buen rato allí, solo me fastidió porque tenía ganas de llegar a casa. Más tiempo para leer! Así que yo seguí a lo mío, sin fijarme en nada.

No sé cuánto rato llevaría absorta en la lectura, cuando, al levantar la vista un momento para mirar la hora, me fijé en que frente a mí había alguien leyendo. Primero me fijé en el título (justo “esa” biografía de Vlad Tepes descatalogadísima y que finalmente había ido a para a mis manos) y acto seguido, observé a su lector. Le eché unos cuarenta y tantos años, pelo algo largo, negro salpicado de gris, llevaba gafas de montura al aire, y parecía estar muy concentrado. Él también alzó la mirada y esbozó algo parecido a una sonrisa mezclada con mueca de hastío.

—No hay nada como un buen libro para que la “Ten fe” no se haga tan insufrible, verdad? —me dijo, así de sorpresa.

Yo no supe si reírme por haber usado ese mote tan adecuado para Renfe o quedarme con cara de cuadros, así que opté por callarme, asentir con la cabeza y seguir a lo mío.

Pero nada me hacía pensar en lo que sucedió después, ya que, así sin previo aviso, noté una mano en mi rodilla. Sabía que era la del lector de en frente porque a mi lado derecha había una mujer enfrascada en algo del móvil y frente a suyo un joven liado con el portátil. Me quedé tan parada que no supe reaccionar, solo miré de nuevo al lector de en frente con tanta suerte (mala suerte no) que sus ojos y los míos chocaron. Era guapo, pero no de anuncio sino un guapo interesante, con cara entre pícara y de chico malo, y una boca muy besable. Así que no hice nada, iba a dejar que sucediera lo que fuese y disfrutar el momento. Si el tipo hubiera sido un cardo… Pero tampoco, me sentía arriesgada.

Lo siguiente que hizo fue retirar esa mano de mi rodilla, humedecerse un dedo con la lengua y mirarme lascivamente. ¿Jugamos?, parecía preguntarme con la mirada. Acepté su reto. ¡Menos mal que ese día se me había ocurrido la feliz idea de ponerme un vestido veraniego! Yo volví a asentir con la cabeza, esta vez plenamente consciente de que iba a suceder algo distinto, que esa espera por causa de una avería iba a ser menos aburrida que las otras tropecientas mil.

—Sigue leyendo, y solo siente —fue su breve instrucción.

Su mano volvió a mi rodilla, y fue subiendo por el interior de mi pierna con firmeza, pero algo de dificultad, ya que las mantenía cerradas. Lo que hice fue sentarme en el borde del asiento para facilitarle la tarea, y él hizo lo mismo. Me costaba concentrarme, pero disimulé, manteniendo el libro abierto ante mí y dudando si corresponderle de algún modo. Fui a poner mi mano izquierda sobre su pierna, pero él la retiró con un gesto suave, negando con la cabeza y volviendo a lanzar su sonrisa pilla.

Cerré los ojos, y en vez de fingir seguir leyendo, me dediqué a devolverle el mismo placer con mi mente, leyéndole mentalmente un relato erótico tras otro, acariciándole entero sin saber cómo era, escribiendo de cabeza un ardiente encuentro….

Que logró hacerme sentir un intenso y muy contenido orgasmo, prácticamente inmóvil para no levantar sospechas. Le miré con ojos dilatados, no sabiendo si cogerle y llevármelo al lavabo para demostrarle de lo que era capaz, o quedarme y proponerle alguna clase de juego…

Él lamió obscenamente el dedo que pocos momentos antes estaba dentro de mi vagina, saboreando lo fluidos que habían quedado impregnados en él.

—Otro día, será mi turno, descuida. Te encontraré.

Y dicho eso, se levantó. ¡No me había dado cuenta de que habíamos arrancado!!!

Desde entonces, y hace mes y medio que pasó, sigo esperando a que reaparezca ese desconocido hombre.

Un museo único

Siempre me ha gustado visitar todos los museos posibles de aquellas ciudades en las que me voy de vacaciones. Eso, a veces, ha sido un engorro para mis acompañantes, sobre todo cuando la única persona que quería visitarlos era yo.

De Barcelona los conocía prácticamente todos, así que, cuando se comenzó a anunciar ese “Museo Único” situado en un barrio bastante céntrico, no dudé en buscar un hueco para ir. Logré embaucar a tres amigas, sobornándolas con un par de copas esa noche a costa de mi no muy boyante cartera si no les gustaba la exposición.

Así que ese sábado hicimos fila religiosamente. La verdad, no daban pistas acerca del tipo de museo que era, y su nombre, “Museo Único”, era realmente misterioso.

Lo primero que nos llamó la atención fue que no se pagaba entrada. El portero nos dijo que a la salida deberíamos abonar la cantidad que nos pareciera adecuada. Una taquilla inversa, vamos. Así que nos hicimos con los boletos, y pasamos a una especie de antesala en la que no se daba tampoco información acerca del lugar. Eso sí, nos informaban de que solo podríamos entrar en las distintas salas de uno en uno, y que cuando deseáramos pasar a la siguiente tendríamos que pulsar un botón que abriría la puerta de acceso.

-A ver si esto va a ser como en “Los Otros” de Amenábar -comentó Gisela, que de las cuatro era la más cinéfila-. Ahora resultará que estaremos todas a oscuras y que nos van a matar a sustos.

-Anda Gisela, no seas tétrica y disfruta de la experiencia -la regañé, a pesar de que a mí tampoco me había hecho demasiada gracia esa petición.

En cuanto llegó mi turno y entré en la primera sala, estaba algo nerviosa, lo reconozco. Pero no pasó ni un minuto cuando comencé a ver una maravilla tras otra. Pues allí estaban expuestos una enorme cantidad de cuadros que jamás había podido ver pro hallarse en museos lejanísimos y nada asequibles para mí. Lo mejor de los grandes clásicos mundialmente reconocidos, de sus alumnos, talleres…. Pintores poco conocidos, pero no por ello menos valiosos…. Una sala tras otra, fueron desfilando ante mis ojos todas las maravillas habidas y por haber en el noble arte de la pintura. Fue un viaje alucinante para mí.

Cuando, tras haber pasado allí dentro mis buenas dos horas y media, salí para reunirme con mis amigas y poder comentar con ellas lo visto, tuve la sensación de haberme quedado ahíta de arte por un buen tiempo.

Ellas salieron justo detrás de mí, en el mismo orden, y todas con la misma cara de gozo que yo.

-Y bien? ¿Qué os ha parecido? ¿Debo emborracharos para que me perdonéis? -pregunté algo sarcástica.

-Qué dices! ¡Ha sido fabuloso!! ¡Jamás había visto tanto cine junto! -Esa era Gisela.

-Cómo que cine? ¡Historia! -Ésa era Ángeles, nuestra historiadora particular.

-Niñas, os estáis equivocando todas, ¿os han drogado o qué? ¡Era pintura!

-Pues, o efectivamente nos han metido algo por el aire o nos han hipnotizado en algún momento para que nos peleemos, o yo qué sé, porque en mi caso, he visto una interesantísima exposición acerca de la historia de la medicina. Y ha sido la mar de instructiva -remató Diana, nuestra excelente y racional doctora.

Sea como fuere, estábamos todas encantadas de haber ido a ese lugar. Naturalmente, el hecho de que no hubiera manera alguna de ponernos de acuerdo acerca de lo que habíamos visto nos tenía muy intrigadas, pero lejos de discutir como locas para tener la razón contra viento y marea, decidimos juntar nuestras mentes para investigar el fenómeno. Nos pusimos a navegar por internet en busca de más datos acerca del museo, la exposición, las características… Pero nada, hubo un silencio total.

Lo más curioso de todo fue que, al cabo de apenas diez días desde nuestra visita, volvimos a pasar por la misma calle y, al acercarnos para curiosear, nos encontramos con que el recinto estaba completamente vacío y la nave en la que se había instalado mantenía su ruina habitual, pues se trataba de una fábrica que llevaba varios años abandonada. Nos dedicamos a preguntar por el vecindario con toda la discreción de la que fuimos capaces, pero nadie supo darnos ningún tipo de explicación. Era como si no hubiera existido.

Finalmente, antes de resignarnos a pensar que estábamos locas, decidimos preguntar en nuestro entorno si habían acudido al museo en cuestión, y finalmente obtuvimos resultados positivos. Pero averiguarlo no nos aclaró nada, ya que cada persona afirmaba haber visto algo completamente diferente, pero con una única coincidencia: todo el mundo que había visitado aquel lugar había visto colmado su deseo de ver reunidas en una sola sala aquellas maravillas que siempre deseó contemplar a sus anchas.

Nuestra conclusión fue que todo había sido un fabuloso truco de ilusionismo….